El hecho de que la cerámica, al igual que la escultura, la pintura o cualquier arte decorativa haya desaparecido de nuestros edificios es una consecuencia de la propia evolución de nuestra sociedad. Tras la exuberancia del Modernismo, a finales del siglo XIX y principios del XX, la arquitectura huyó de todo adorno superfluo para mostrarse tal y como es, sin añadidos. Bien es cierto que una historia de simbiosis milenaria no se acaba de la noche a la mañana y durante el siglo XX han sido muchos los arquitectos que han seguido apostando por la decoración en sus edificios, pero la tónica general ha sido que la propia arquitectura y sus materiales son suficientes para componer una obra arquitectónica.

La valoración de las tradiciones artísticas es el primer paso para una recuperación de estas técnicas.  A cualquiera que utilice el Metro a diario, las estaciones le parecerán un alarde de ingeniería, pero al mismo tiempo sentirá una sensación de frío y soledad. ¿Por qué no decorar las estaciones de Metro con instalaciones artísticas realizadas específicamente para ese espacio? Sería una manera de dotarlas de vida al mismo tiempo que se educa a la ciudadanía en el arte contemporáneo. Lo mismo se podría hacer con las zonas verdes o espacios públicos. Con esta medida se fomentaría el tejido artístico y artesano local, se crearía empleo, se revitalizaría un sector hoy en fuerte retroceso y se lograría una mejora estética de esos espacios. Con el tiempo, la ciudadanía vería como algo normal el uso de la cerámica u otras técnicas artísticas en el espacio público y no sólo valoraría más el arte contemporáneo, sino que los propios arquitectos se educarían en la simbiosis entre arquitectura y artes aplicadas.

Compártelo si ha sido de tu interés.

y por supuesto espero tus comentarios.