Japón no deja su pasado atrás. Toma lecciones, respeta a sus ancestros y siempre vela por sus tradiciones. Su mayor característica es justamente saber combinar esa historia milenaria con las innovaciones tecnológicas de la modernidad, que se ven reflejadas en el arte, la literatura y últimamente, en la arquitectura.

Japón siempre ha tenido que saber reinventarse. Primero, por la cantidad de desastres naturales, tifones, terremotos e incendios, que han asolado al archipiélago, y segundo, por la devastación que dejó la II Guerra Mundial. La sociedad nipona se levantó gracias a una generación de arquitectos que vieron en el desastre un motor para la creatividad, manteniendo los valores de la cultura asiática.

A diferencia de los arquitectos occidentales, que buscan ante todo la permanencia en el mundo, a través de edificios construidos para soportar los embates del tiempo, utilizando pesados materiales como el hormigón y la piedra, sus pares japoneses toman una postura budista y eligen la fragilidad como rasgo principal de su arquitectura. Nada es para siempre y lo saben. Por eso el material favorito de los nipones es la madera: noble, delicada y dispuesta a asumir el paso del tiempo y las estaciones del año, las que en Japón son muy marcadas.

El compromiso con el medioambiente es otro de los rasgos clave de la arquitectura japonesa actual. Allí aparece la obra de Toyo Ito, que combina el espacio físico con el virtual, integrando la naturaleza en edificios orgánicos y atemporales, como la Biblioteca de la Universidad de Tama.

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